El Humilde Corsario De Dios

El Humilde Corsario De Dios

A finales del siglo XVII, Sebastián Bayona viajaba en barco español rumbo a Tierra Firme, Traía en un bolsillo escondido una moneda antigua que su madre le había encargado traer hasta América sin explicar el motivo. Le dijo que era una de las treinta monedas de plata que Judas había recibido por vender al Señor. Cerca, en las aguas de la península de la Guajira, su nave es interceptada por una flota francesa, comandada por el barón de Pointis, corsario del rey francés Luis XIV. Con la ayuda de piratas de las islas tortuga, iban a tomar a Cartagena de Indias. En el sitio de batalla a las puertas de la ciudad, Sebastián cae herido, inconsciente. Cuando despierta está en la casa de un rico comerciante de Cartagena, facilitador de la tarea expoliadora de los franceses. Con ayuda de una mujer, quien en el pasado había sido su amante, huye. Se interna en una zona selvática, siendo apresado por negros cimarrones y llevado a un palenque. Allí es curado por Orika, una bellísima negra con fama de hechicera. Su amante también es capturada. Una noche con ayuda de uno de sus sirvientes, “el indio dorado” ella es liberada. Sebastián no puede escapar a causa de sus heridas sin curar. Pero a los pocos días lo hace facilitado por propia Orika. Atraviesa la selva hasta llegar al canal del Dique y con ayuda de don Antón García, caballero que aparece en medio de la manigua, con su caballo negro, sombrero de fieltro y tabaco humeante, embarca en una canoa de pescadores, remonta el río Magdalena y llega a Mompox. Allí las autoridades lo requieren pues se encausa al gobernador de Cartagena como cómplice de los franceses. Por Orden de la Real Audiencia, lo envían en calidad de testigo a Ocaña, en los Andes. Ahí su vida cambia. Vive momentos de miedo por la intervención de fuerzas extrañas, que quieren arrebatarle la moneda, que le había entregado su madre. Pero en las oscuras calles de Ocaña don Antón García de Bonilla, se pasea ayudando a Sebastián en su misión de custodio de la reliquia sagrada. Una linda Ocañerita lo enloquece de amor y a su lado vive una vida llena de felicidad. La moneda, sin saber qué hacer con ella, la oculta, junto con un tesoro de doblones y barretones de oro, en una oquedad de la pared de la sala de su casa. Con argamasa remojada con agua bendita, sella la pared. Muchos años después, la moneda es encontrada y llevada a España, como símbolo de reconciliación y vuelta de la fe, a una tierra de apostasía, cumpliendo así, una profecía del libro del Apocalipsis.

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